Science en acción

En continuidad con el proyecto de octubre “¡Un rato con cada plato!”, en Science hemos seguido investigando el mundo de los alimentos desde una perspectiva más científica. Después de hablar sobre la alimentación como necesidad básica y descubrir nuevos sabores gracias a la participación de las familias, nos adentramos ahora en la parte más curiosa y experimental: las semillas y los huesos de las frutas.

Partimos de una pregunta sencilla:
¿Qué diferencia hay entre una fruta con hueso y una fruta con semillas?
A través de la observación directa, los niños y niñas exploraron el interior de diferentes frutas, comparando tamaños, texturas, colores y formas. Descubrieron que no todas las semillas son iguales: algunas son diminutas, como las de la granada; otras, suaves y gelatinosas, como las de la uva; y otras sorprendentemente grandes, como el hueso del aguacate. Esta primera etapa nos permitió generar un pensamiento más analítico y organizar la información de forma natural.

Con toda esta exploración surgió una nueva inquietud:
¿Se comportan igual todos estos huesos y semillas?

Para responderla, diseñamos un experimento centrado en un concepto clave de Science: la flotabilidad. La propuesta consistía en comprobar qué semillas flotaban y cuáles no. Para ello, utilizamos dos recipientes grandes que llenamos de agua. Pero antes de hacerlo, nos planteamos otra cuestión: ¿Cuántos litros caben en cada recipiente?
Los niños realizaron sus propias estimaciones, discutieron entre ellos, justificaron sus ideas y después contrastaron sus hipótesis midiendo de manera práctica. Este paso fue esencial para comprender que la ciencia también implica calcular, probar, equivocarse y volver a intentarlo.

Una vez preparados los recipientes, fuimos introduciendo una a una las semillas y los huesos: semillas de uva, granada, hueso de aguacate y otros materiales que los niños quisieron comparar.

Cada lanzamiento era un momento de expectación. Algunos materiales flotaban de inmediato, otros se hundían sin dudarlo y algunos parecían tomar la decisión lentamente. Las reacciones de los niños reflejaban sorpresa, alegría y, sobre todo, auténtico interés por entender por qué ocurría lo que ocurría.

A lo largo del experimento, fuimos registrando observaciones, comparando comportamientos y buscando explicaciones. De manera espontánea, los niños conectaron el peso, el tamaño o incluso la forma de los huesos con lo que pasaba en el agua, demostrando que el aprendizaje científico nace del asombro, la pregunta y la experimentación real.

Esta actividad, aparentemente sencilla, se convirtió en una experiencia completa que integró pensamiento lógico, observación, lenguaje, autonomía y colaboración. Una invitación a mirar la alimentación con otros ojos, más curiosos y más científicos, reforzando así el vínculo entre el proyecto global del mes y nuestro trabajo en Science.

Seguimos avanzando, descubriendo y preguntándonos cosas nuevas, porque la ciencia —igual que la comida— se disfruta mejor cuando se comparte.